En su natal Quindío, la semana pasada el excomandante guerrillero Rodrigo Londoño, conocido como Timochenko, fue abucheado en las calles del centro de Armenia y hasta el vehículo en el que se movilizaba fue atacado con piedras y palos, al mismo tiempo que otras personas quemaron las banderas de la Farc (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común), con las que algunos seguidores lo acompañaban. Tal episodio es ilustrativo de los sentimientos que despiertan en gran parte de la población quienes en el pasado se declararon en rebeldía haciendo uso de las armas, y en cuyo tránsito cometieron toda clase de crímenes y abusos.
Mientras eso ocurría en Armenia, Luciano Marín, conocido como Iván Márquez, fue abucheado en Florencia (Caquetá) y las muestras de rechazo de algunos ciudadanos fueron evidentes. Con ello se confirma que el odio que sembraron durante décadas en diversas regiones del territorio nacional ahora lo cosechan en su propia contra. Apenas están comenzando su tarea política y ya hay expresiones populares que les dejan claro a los exguerrilleros que les costará mucho deshacerse de esa mácula que los relaciona con imaginarios negativos de los cuales no se desprende aún la sociedad colombiana.
Ahora bien, así como nunca será posible justificar las acciones violentas de quienes hicieron parte de las guerrillas y de cualquier otro grupo armado al margen de la ley, tampoco es justificable la reacción violenta de quienes quisieran agredir a quienes ahora hacen política sin armas. Los ataques sufridos por Timochenko y su comitiva en el Quindío, que pasaron de los insultos a las vías de hecho, no deberían ocurrir en un país que aspire a dejar atrás la barbarie y a ponerle punto final a un conflicto que solo le ha hecho mal a Colombia.
Quienes nos oponemos a la Farc y rechazamos su ideología trasnochada y malsana lo que tenemos que hacer es vencerlos en las urnas, derrotarlos haciendo uso de los mecanismos que nos entrega la democracia; otro tipo de acciones solo estarían dando argumentos a quienes piensan que los problemas del país se pueden arreglar únicamente haciendo uso de la violencia, de la agresión irracional, la imposición del poder. Los colombianos no podemos caer en ese círculo vicioso que tantos males nos han causado y más bien actuar con grandeza y permitir que, en franca lid política, los exguerrilleros entiendan que su discurso no cala en la Colombia que quiere modernizarse y crecer.
Hay que reconocer que ante las agresiones, los líderes de la Farc se mantuvieron en calma y no cayeron en reacciones violentas que habrían sido lamentables. En ese sentido es necesario que el Estado les garantice las condiciones para que puedan hacer su ejercicio político sin riesgos para su integridad y su vida. La gente debe entender que siempre será mejor verlos en las ciudades y pueblos haciendo política que haciendo uso de las armas sembrando el terror en diversas regiones del país. Eso es lo mismo que debería esperarse del Eln, guerrilla que persiste en atacar al Estado y a los colombianos, pero que es importante lograr que se desarme para siempre.
En Colombia tenemos la ingente tarea de aprender a hacer política en paz, pese a los radicalismos ideológicos que haya en el escenario de las aspiraciones al Congreso y a la Presidencia de la República. Los ciudadanos tienen el legítimo derecho a manifestar su rechazo a lo que no les gusta y que no comparten, pero actuar violentamente en contra de quienes se alinderan en los extremos de la izquierda o de la derecha lo único que generará son más odios, más muertes y más guerra. El país no puede recaer en ese error. Hay una gran polarización política que es necesario ir superando para que llegue el momento en que todos podamos aportar de manera constructiva al progreso de Colombia.