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Han pasado ya 16 años desde que el cineasta Michael Moore filmó Bowling for Columbine, documental que indagaba en las causas por las cuales se cometió la masacre en esta secundaria en el Estado de Colorado, ocurrida en 1999, y la conectaba con otros hechos de violencia en ese país. Lo que encuentra el documentalista en su exploración es que todo conduce a la segunda enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que permite el uso de las armas, argumento con el cual esta poderosa industria maneja un negocio multimillonario sin reparar en las vidas que se han cobrado por esa laxitud.
Ese documental obtuvo el premio Óscar y generó un amplio debate sobre esta situación, el mismo que se enciende en el país norteamericano con cada nueva matanza, escolar o no, como la ocurrida el pasado miércoles en Florida, en donde un joven, Nikolas Cruz, asesinó a 17 personas e hirió a 30. El joven que llegó al colegio en un Uber, y que después se fue como si apenas hubiera cometido una pilatuna, fue detenido mientras comía un McDonalds.
Ahora se centra la atención en si el FBI no hizo lo suficiente para prevenir el ataque, pues había recibido información de que eso podía suceder, o si el Estado no le cumple a un joven que actúa de esta manera o si se debe revivir la pena de muerte. Pero de los porqués relacionados con la facilidad con la que casi cualquier persona puede hacerse a armas letales se pasa rápido. Y este es el verdadero problema, un asunto que, dirán muchos estadounidenses muy a su estilo, debe ser tratado solo por ellos. Pero no es tan simple. Está comprobado que buena parte de las armas que manejan grupos ilegales en México y Centroamérica vienen de más arriba del Río Bravo (o Río Grande) y ese es un asunto muy serio en esta parte del mundo.
Colombia, por ejemplo, viene reduciendo año a año los homicidios con arma de fuego, y aunque son varios los factores que suman en esta positiva tendencia, también es cierto, a falta de análisis más profundos, que la restricción del porte de armas que se ha sostenido durante los últimos años ha contribuido bastante a este logro. Así lo reconocen autoridades administrativas y de policía cuando se les pregunta sobre el asunto. 

Si eso es tan evidente, cuesta mucho entender por qué la política de armas en los Estados Unidos sigue manejándose como en los tiempos del lejano oeste, tan bien conocido por el mundo, gracias al cine, el mismo cine que mostró los problemas desde hace 16 años en un documental que si usted lo ve hoy podrá aplicar sus conclusiones a la matanza de la Florida el pasado miércoles y se dará cuenta de que las consecuencias son las mismas y no se hace lo suficiente para evitarlo. ¿Cuántas muertes más deberán ocurrir para que esto cambie?