La enfermiza obsesión del expresidente venezolano Hugo Chávez Frías, por tratar de parecerse al Libertador Simón Bolívar, llevó a que durante su gobierno impulsara la creación de organismos multilaterales que pretendían reunir de nuevo en un solo objetivo a las repúblicas que fueron liberadas del yugo español por el ilustre caraqueño, a comienzos del siglo XIX. Como resultado de dicha actitud surgieron Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) y el Alba (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), que hoy se desmoronan sin haber aportado nada positivo a la región y al mundo.
Evidentemente la oscura realidad venezolana, liderada por Nicolás Maduro, quien sin duda encabeza un gobierno dictatorial que le impide actuar con dignidad en ningún escenario, menos en los que comparte con otros países de la región y del mundo, llevó al total fracaso a esas iniciativas que en un principio pudieron sonar románticas y constructivas, pero que llevaban en su meollo el germen contaminado del autoritarismo y de una obsesión por irrigar un sistema de gobierno que ha demostrado hasta la saciedad sus profundas equivocaciones.
Podríamos decir, inclusive, que el ingreso de Colombia a Unasur hace unos 10 años fue equivocado, así como su permanencia hasta hace apenas unos días, cuando el Gobierno Nacional determinó su salida de ese organismo, la cual se concretará en unos seis meses. Ahora bien, son varios los países de Suramérica que aún permanecen allí, pero ya muestran interés en tomar el ejemplo colombiano y retirarse, al ver que sus frutos son nulos o negativos, y que solo se cae en complicidad con un régimen abiertamente autoritario y déspota, al cual es necesario forzar para que abra de nuevo los cauces de una democracia real.
Ese propósito de que Venezuela regresara a un esquema realmente democrático debió ser el principal objetivo de Unasur en las actuales circunstancias, pero su inoperancia marca la necesidad de su fin. También es verdad que la Organización de Estados Americanos (OEA) tampoco ha podido hacer nada con respecto a la crisis de Venezuela, pero Unasur en lugar de ayudar a buscar remedios lo que hizo fue generar nuevos problemas y darle oxígeno al dictador Maduro, quien parece poco probable que caiga en el mediano plazo. Por eso, cercar el círculo y cortar su radio de acción debe ser el camino para llevarlo a que no persista en su aventura antidemocrática.
Adicional a la situación venezolana, los abusos cometidos por el también dictador Daniel Ortega en Nicaragua, quien parece identificarse muy bien con el estilo de Maduro o aún peor, llevaron a que el presidente ecuatoriano, Lenín Moreno, se retirara rápidamente de ese vínculo ideológico, herencia de Rafael Correa. Así, la salida del Ecuador del Alba, de la que forman parte Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua y algunas pequeñas islas el Caribe, es un duro golpe a esa organización que también surgió del anhelo integracionista y antiestadounidense de Chávez. Realmente funciona como la plataforma ideológica del llamado Socialismo del Siglo XXI, cuando en sus inicios tuvo la apariencia de un mecanismo de intercambio comercial, que nunca se concretó.
Nada bueno aportaron esos organismos a nuestra región y a nuestra democracia, y solo queda que en el seno de organismos como la OEA y las Naciones Unidas, que sí han demostrado por lo menos permanencia y pluralidad en los criterios de manejo de situaciones adversas, haya un trabajo coordinado para hacerle frente a las consecuencias en la región de la crisis venezolana, como es la migración masiva de familias desde ese país en la búsqueda de mejores destinos en el vecindario. Hay que llegar a políticas concertadas y sólidas que garanticen solidaridad con quienes huyen de Venezuela, pero en una forma sensata y ordenada.