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¿Cuál es el balance del paro que se realizó hasta el pasado martes en la Universidad de Caldas? Solo molestias y dificultades para la gran mayoría de alumnos y profesores, quienes tendrán que estar en las aulas hasta la víspera de la Nochebuena. Si bien el motivo de la protesta fue válido, el mecanismo usado para expresarse dejó solo resultados negativos y desazón en la comunidad universitaria. Para gran parte de los estudiantes esta situación solo representa más gastos, que afectan las finanzas familiares, y en circunstancias normales muchos de ellos buscan empleo durante diciembre, lo cual también se verá afectado esta vez.
Es cierto que el Estado debería garantizar una mayor cantidad de recursos económicos para las universidades públicas, en lugar de desfinanciarlas, como ha venido ocurriendo. En eso está bien que los reclamos de los directivos al Gobierno Nacional estén acompañados por todos los demás miembros de la comunidad universitaria, pero perder 20 días hábiles de estudio supuestamente para presionar estas peticiones termina siendo un absurdo. La mejor manera de exigir este tipo de decisiones es mostrando la calidad educativa de la institución y evidenciando que con más recursos los resultados podrían ser mucho mejores.
Así, pues, lo que pasó en la Universidad de Caldas durante noviembre fue un paro innecesario, sin sentido, que no solo no cumplió los objetivos para los que fue convocado, sino que generó daños a todos los involucrados. Este resultado debería llevar a quienes impulsan este tipo de ceses y a quienes los siguen a reflexionar acerca de nuevas formas más efectivas y menos dañinas para hacerse escuchar. Muchos estudiantes que no son de Manizales y que aspiran a regresar a las casas de sus padres en época de vacaciones, por ejemplo, quedaron seriamente perjudicados con lo que pasó.
Además, desde las universidades públicas se reclama y se preguntan las razones por las cuales los jóvenes beneficiados con el programa Ser Pilo Paga prefieren irse a las universidades privadas, pese a la buena calidad de las universidades públicas. Una respuesta a esta situación puede estar relacionada, precisamente, con la tendencia a perder el tiempo en paros que acompaña de manera infortunada a las instituciones públicas de educación superior. Se desmotiva así a los mejores egresados de los colegios oficiales a ingresar a estas universidades, y lo que debería ser un círculo virtuoso se convierte en un nuevo escollo para las mejoras.
Eso de tener que estudiar desde el 22 de enero hasta el 12 de febrero del 2018 para poder terminar el segundo semestre de este año es una consecuencia en la que deberían pensar los estudiantes antes de meterse a participar en paros que solo son una pérdida de valioso tiempo. Eso retrasará el comienzo oficial del primer semestre del año entrante, con el riesgo de que haya nuevas situaciones que perjudiquen el calendario académico y que vayan en contravía de los objetivos de mayor cobertura y calidad educativa que deberían ser prioridad en las universidades.

Los líderes de la protesta manifiestan que hay otros aspectos de la universidad que también deben ser mejorados, como los subsidios de alimentación para los estudiantes, bajar los intereses de mora en las matrículas y replantear algunas políticas de ingreso y pagos en estos centros educativos, además de cambiar mecanismos de elección de rector y decanos, por ejemplo. Frente a estos temas pueden establecerse otros escenarios que permitan ajustes a través del diálogo, pero el peor camino es el de parar y causar tantos perjuicios innecesarios.