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Lo que no se hizo en siete años difícilmente podrá concretarse en el año de mandato que le queda al presidente Juan Manuel Santos, y menos en las condiciones de gobernabilidad en las que está y cuando se aproximan las elecciones para Congreso y Presidencia de la República. Sin embargo, por el bien del país deseamos que pueda rematar muy bien su gestión y que le entregue a su sucesor, cualquiera que sea, una Colombia que esté en franco crecimiento y con posibilidades amplias de seguir avanzando hacia el objetivo de tener cada vez una mayor calidad de vida para todos los ciudadanos.
Su principal preocupación durante los próximos meses será cerrar con broche de oro la implementación de los acuerdos de paz, en lo que tendrá una gran dependencia del Congreso de la República, cuyos miembros estarán más preocupados por mantener sus curules que por legislar para dejar bases sólidas a una paz estable y duradera. Eso implica una reforma política seria en la que se avance en los criterios de participación y se le cierre las puertas al clientelismo y la corrupción. Habrá que terminar bien el capítulo de la Ley Estatutaria de la Justicia Especial para la Paz (JEP), cuyo ejercicio garantice transparencia y seriedad en su aplicación a los responsables de delitos graves, y que las 16 circunscripciones especiales de paz se aprueben sin tropiezos.
Otra difícil tarea relacionada con la paz será demostrarles a los Estados Unidos que su plan para atacar los cultivos de coca, usando la estrategia de la persuasión de campesinos para que los erradiquen de manera voluntaria a cambio de convertirlos en empresarios con otros productos útiles para la alimentación, sí funciona. Esto irá de la mano de la aprobación de la reforma rural integral que lleve la modernización, la equidad, la productividad y la competitividad al campo. En un año será complicado recoger los frutos de estos pasos, pero sí deberá empezarse a comprobar que se escogió el mejor camino para ello. Y, habría que sumar que el proceso de reintegración de los exguerrilleros avance sin sobresaltos, en medio de tensiones políticas y de seguridad cada vez más difíciles de controlar.
Si se voltea a mirar hacia la economía, hay que reconocer que durante la permanencia de Santos en el Palacio de Nariño la inversión extranjera directa se dobló al pasar de 6.400 millones de dólares en el 2010 a 13.600 millones de dólares a la fecha; el empleo, aunque ha perdido dinámica en los meses recientes, también ha mejorado. El desempleo pasó del 11,8% en el 2010 al 8,7% este año. Los proyectos de infraestructura 4G que están en ejecución corresponden a una revolución que antes no se había visto, y la terminación del conflicto armado ha hecho que el número de turistas extranjeros se doble: en el 2010 eran 2 millones 600 mil al año, y actualmente son 5 millones 100 mil. Esto último está ligado a la seguridad, en la que los homicidios tienen mucho que ver: en el 2010 la tasa era de 34 homicidios por cada 100 mil habitantes, y hoy es de 25. La coyuntura en materia económica tiene un panorama gris, con posibilidades muy limitadas de crecimiento para este año, aunque con perspectivas de mejora en el 2018.

En asuntos sociales como la salud y la educación, Santos tiene el desafío de seguir cerrando brechas, pero será muy poco lo que pueda mostrar como logro. De hecho en salud no se ve la posibilidad de una luz al final del túnel, mientras que en educación, si bien se ha avanzado por el camino correcto, falta mucho para que sea realmente el sector estratégico que impacte favorablemente el desarrollo del país en el futuro. El que le queda será un año complicado para el Presidente, pero lo principal será que quien lo suceda se mantenga en la senda de seguir edificando la paz.