A las fake news las deberíamos llamar por su nombre: mentiras. De hecho existe una olvidada palabra en español para definir este fenómeno. Se trata del sustantivo femenino paparrucha, que no es otra cosa que "noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo", de acuerdo con la acepción que le otorga el Diccionario de la Real Academia Española. Estas han existido siempre y se han usado como instrumento de manipulación por siglos. El problema hoy es más evidente y de consecuencias incalculables por cuenta de la hiperconexión de los ciudadanos a sus redes sociales en donde se mezclan asuntos serios con todo tipo de absurdos o de amaños con el fin de lograr resultados.
Hasta ahora el tema se ha debatido de manera significativa en los medios de comunicación y se han empezado acciones desde estos con el fin de reducir el riesgo de que en sus espacios se cuelen este tipo de informaciones, para lo cual se requiere insistir en los fundamentos del periodismo, como lo son la verificación, la contrastación y el reconocimiento a las fuentes del origen de las noticias. Sin embargo, el problema va mucho más allá de unos medios engañados o manipuladores, como muchos pretenden reducirlo. El asunto es que si esto pasa principalmente no por los medios tradicionales, sino por plataformas controladas por algoritmos, la responsabilidad es aún mayor de quienes están detrás de estos grandes medios de tránsito de información.
Google, Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp, Snatchap, Youtube y las demás plataformas digitales para la difusión de contenidos tienen que hacer más para advertir al público que consume lo que por ellas se difunden si se trata de información en la que se puede confiar o no, y sabemos que no lo tienen fácil. Es evidente que, como se está demostrando con el affaire ruso en los Estados Unidos, muchos de los resultados electorales de ese país en su más reciente campaña presidencial pasaron por la difusión, inclusive paga, a través de estas plataformas de contenidos, de información falsa o de verdades a medias, que no son nada distinto a mentiras. Su responsabilidad pasa además porque sus algoritmos parecen reforzarnos en las ideas que nos gustan, nos seleccionan la información que ellos en su sistema binario creen que nos gustará conocer y así empiezan a parcelarnos el acceso al conocimiento, con el gran riesgo de que esto termine generando sesgos en las tomas de decisiones.
La responsabilidad de las noticias falsas entraña también un cuidado en no censurar contenidos, pues se puede tocar la puerta de libertad de expresión y se debe ser muy cuidadoso de no vulnerarla. Por eso la principal acción que se puede tomar contra este fenómeno debe partir de los usuarios, esos que no tienen idea de cómo controlar la información que les llega por las redes sociales y deberían exigir saberlo. Por lo pronto nos corresponde a todos denunciar el contenido falso en los canales adecuados, será necesario brindar mayor visiblidad a quienes informan con rigor y ajustándose a los manuales para certificar su credibilidad, también corresponderá a los medios y organizaciones hacer alianzas para chequear datos y las plataformas deberán castigar a quienes difundan estas noticias, así se queden sin unos cuantos dólares por ello. No es nada fácil, pero principio tienen las cosas y si cada eslabón de la cadena hace lo que debe, seguramente todo tendrá mejores resultados.