El retiro de los Estados Unidos de la Organización Internacional del Café (OIC) desnudó una realidad que lleva a pensar que no hay mucho sentido para que tal organismo exista. Si dejó de cumplir con las misiones que tuvo en el momento de su creación, ayudando a regular el mercado y coordinando las acciones de productores y consumidores para mantener la sostenibilidad de dicha economía en precios y volúmenes, y ahora tiene un papel sin mayor impacto en los mecanismos de oferta y demanda del grano, parecería que no solo Estados Unidos debe retirarse, sino que sencillamente debe acabarse con ese ente burocrático.
Lo realmente importante, como lo señalan voceros de los cafeteros, es que el precio que reciban por su producto sea bueno y asegure la viabilidad de su actividad económica. Por eso la preocupación mayor no tiene que ver con la OIC, que poco pone y nada quita en las actuales circunstancias, sino por cómo hacer que el precio interno no siga cayendo y que se logre su pronta recuperación. Por eso, es necesario que el Gobierno Nacional escuche al gremio que le solicita nuevos apoyos que garanticen el sustento a las 550 mil familias colombianas que viven del café. La actual coyuntura de revaluación del peso frente al dólar y de caída de la cotización del grano en la bolsa de Nueva York afecta directamente a los productores.
Tal situación también pone a pensar acerca de las maneras de hacer más rentable, productiva y competitiva la caficultura colombiana, ya que esa es la única manera de seguir manteniendo una participación significativa en el mercado, pero sobre todo mejorar los ingresos de quienes cultivan el grano, que en buena medida no ven justamente recompensado su esfuerzo. Es el momento de reflexionar acerca de la pertinencia de los todavía altos costos administrativos en los que se incurren en la Federación Nacional de Cafeteros, y el real impacto de su trabajo en la mejora del precio del café en el mercado, con retorno directo al caficultor. La llamada contribución cafetera requiere ser analizada a fondo y observar con exactitud si les sirve o no a los campesinos para mejorar sus ingresos.
Es destacable que estrategias como la de los puntos Juan Valdez en todo el país y en el exterior aportan valor agregado a la actividad, y es importante tomar ese ejemplo como un camino que se sale del esquema tradicional de comercialización de commodities, el cual está en crisis. Un organismo como la Federacafé tiene que enfocarse más en las posibilidades comerciales y en las formas de dar valor agregado al producto, con impacto positivo para el bolsillo de los productores, y no solo limitarse a poner el café como materia prima en el mercado bursátil. Hay que hacer una reflexión profunda acerca del actual modelo cafetero y ejecutar los ajustes que sean necesarios para darle una mejor orientación a la actividad.
Es claro que en los costos de producción la mano de obra tiene un peso grande, y por eso es fundamental concretar los modelos de recolección asistida de las que se viene hablando en la Federación, pero más que nada lo clave es fomentar los llamados cafés especiales que tienen un tratamiento diferenciador en el mercado, así como la búsqueda de alternativas que les permitan a nuestros cafeteros competir de mejor manera frente a los tostadores internacionales. Aunque es bonita la idea de buscar que tales multinacionales se sensibilicen ante la difícil realidad de los pequeños cultivadores colombianos, en la práctica eso no tiene mayor efecto y no arrojará resultados positivos concretos para la caficultura local.