Cuatro meses de tensiones debieron transcurrir para que el Eln volviera a sentarse a negociar con el Gobierno un acuerdo para su desarme definitivo. Durante las jornadas de conversaciones del año pasado se lograron avances innegables, como el pacto de un cese al fuego bilateral por 100 días que representó un importante descenso de las acciones violentas en el país. Sin embargo, desde el día en que terminó el plazo establecido para ese cese el Eln decidió actuar como si nada hubiera pasado e hizo retroceder todo el proceso hasta el punto de llevarlo al límite del rompimiento.
Por fortuna, después entró en razón de sus equivocaciones y volvió a mostrar interés en dialogar, pero fue en ese momento cuando el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, aturdido por los terribles hechos en los que tres periodistas del diario El Comercio de Quito fueron asesinados por la banda de alias Guacho, decidió que su país ya no sería garante de ese proceso de paz. Es un acto comprensible, que de todos modos retardó el comienzo del quinto ciclo de diálogos, el cual pudo instalarse por fin el pasado jueves en La Habana (Cuba). El principal punto que se trata por estos días es un nuevo cese al fuego bilateral que corrija las fallas del anterior y que garantice que las elecciones presidenciales transcurran sin sobresaltos.
Dicho pacto debe venir acompañado por los compromisos del Eln de no cometer más secuestros, extorsiones, reclutamiento de niños ni ataques a la infraestructura, y decisiones que garanticen que pueda seguir avanzando en los próximos meses, sin importar quién sea elegido presidente de la República. Tiene que ir tan rápido, sin caer en nuevos riesgos de retroceso, que la misma sociedad colombiana exija que se siga con las negociaciones y que haya logros que sumados a la implementación del acuerdo con las Farc permitan que se consolide la paz en el país, y una madurez política de nuestra democracia que nos conduzca a la modernidad.
El Eln insiste en que se llegue pronto a la generación de escenarios para la participación social en el debate de sus peticiones, lo cual podría llevarse a cabo de manera similar a como se hizo con las Farc, donde cada punto era discutido ampliamente en Colombia y luego las distintas propuestas de la gente llevadas a la mesa en La Habana. Después es posible que sectores de la sociedad colombiana tengan contacto directo con los negociadores en Cuba, pero antes deberán lograrse avances que aseguren que sea un proceso irreversible, en el que haya compromisos concretos que aseguren una pronta desmovilización y entrega de armas.
Ojalá que el Eln no se siga equivocando como lo ha hecho y que la voluntad de paz sea franca esta vez. La frase del jefe negociador de esa guerrilla, Pablo Beltrán, en el sentido de que "ninguna adversidad va a hacer que nos levantemos de la mesa", nos lleva a pensar que este no será un nuevo proceso fallido. Ahora bien, situaciones como la del hallazgo en Bogotá de un supuesto centro de formación guerrillera para niños, liderado por un viejo integrante de esa organización subversiva también contribuye a que en sectores de la sociedad surja el pesimismo y se le dé credibilidad limitada al proceso. Por eso, lo que les exigimos a los elenos es coherencia entre sus acciones y su supuesta voluntad de paz.
La comunidad internacional, con razón, pide avances sustanciales en las semanas y meses que vienen, ya que está dispuesta a acompañar el proceso, como lo hizo con el de las Farc, y sería muy lamentable que los países que han ayudado a Colombia en este desafío decidan apartarse porque no vean condiciones para continuar. Lo primero debe ser que el próximo 25 de mayo se firme el nuevo pacto de cese al fuego bilateral.