Charlottesville en Virginia (Estados Unidos) fue el lugar escogido por grupos extremistas, autodenominados de supremacía blanca, para expresar sus ideas. El problema es que lo hicieron de manera violenta, al punto que se revivieron las imágenes de las épocas en que en ese país los afroamericanos reclamaban igualdad de derechos civiles en todo el territorio, hechos que fueron retratados de manera magistral en la película Selma. Lo que resulta paradójico es que aparezcan estas voces de manera tan fuerte en una nación que se caracterizó por defender el republicanismo, las libertades públicas y la protección de las minorías en el mundo para lograr democracias fortalecidas.
La excusa de los grupos de derecha es la defensa de una estatua. La de Robert E. Lee, general del ejército confederado, en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. Resulta que esta es apenas una excusa, su Florero de Llorente, pero que retrata una situación que se viene repitiendo en la potencia norteamericana y es la de la necesidad de imponerse, de un discurso quedado en el tiempo, pero que se ampara en la grandeza estadounidense, que para sus seguidores no es otra cosa que supremacía blanca.
Aunque el presidente de ese país, Donald Trump, criticó lo ocurrido y manifestó que está en contra de la violencia sin importar de dónde venga, el mundo se quedó esperando que condenara a estos grupos reaccionarios, tal como lo hizo el gobernador de Virginia, que dijo directamente que no los quiere en su territorio. No obstante, una buena cantidad de los votos que llevaron a Trump a la Casa Blanca obedecen a un discurso muy en sintonía con estos extremistas y es muy posible que sea gracias a eso que hoy se vean tan seguros de salir a las calles a defender una causa que hasta hace no mucho era vista como políticamente incorrecta.
Es sabido y lo sostienen todo tipo de estudios, que hay zonas en Estados Unidos, como en muchas otras partes del mundo incluidos nuestros países, en donde el racismo sigue en el ambiente. Y aunque no se haga público, el sistema se expresa con decisiones que afectan a las minorías étnicas. Lo que se vivió en Virginia es todo un cambio de tuerca y de regreso a situaciones que parecían superadas. Aquí lo que queda demostrado es que aún hay mucho trabajo por hacer y que las minorías étnicas tienen enemigos violentos a los que no se les pueden permitir sus excesos.
Nada peor para la democracia que reducirse simplemente a la imposición de las mayorías o, peor, de la fuerza, que es lo que sucede en este caso. Porque estamos convencidos de que no es el deseo de las mayorías lo que anhelan estos grupos violentos que todavía sueñan con revivir el Ku Klux Klan. Al contrario, la razón deberá imponerse y entender que el mundo debe seguir abriendo puertas para el entendimiento de saberes y pueblos y no cerrarlas para regresar a la barbarie.