Todos esos actos demenciales usados para asesinar y generar pánico entre personas desarmadas constituyen, sin duda, actos de terror. Infortunadamente, contienen la condición paradójica de ser cada vez más frecuentes y sorpresivos. Casi que cada semana hay, por lo menos, un hecho de estos en el mundo, y cualquiera puede ser el lugar del planeta en el que surjan, gracias a la maldad de algunos que solo quieren mostrar cuan aberrantes pueden ser sus acciones. En el caso del yihadismo, lo ocurrido la semana pasada en el sur de Manhattan, Estados Unidos, donde murieron 8 personas, entre ellas cinco amigos argentinos que celebraban su reencuentro después de muchos años, encarna el riesgo que cualquiera de nosotros corre.
Lo más complejo es que si bien esta vez fue calcado el procedimiento ya ejecutado en Europa varias veces de conducir un vehículo a alta velocidad y atropellar a transeúntes, especialistas en asuntos de terrorismo en Alemania advierten que el yihadismo viene considerando el uso de armas biológicas, drones con explosivos y menores de edad suicidas. De hecho, se sabe que en la fratricida guerra de siria el Estado Islámico (EI) ha usado gas mostaza de fabricación propia. Además, se ha visto la afición de estos grupos terroristas por actualizarse en asuntos de tecnología que podría derivar en armas baratas y mortíferas, para las que algunos países de Occidente comienzan a prepararse.
Sin embargo, lo que se ha demostrado es que las formas de ataque pueden pasar desapercibidas para las autoridades hasta el momento en que se ejecutan, lo que provoca una desesperante sensación de vulnerabilidad. Lo más complejo es que ante la fuerte reacción de Occidente en el Medio Oriente, muchos miembros del EI de origen europeo, por ejemplo, han regresado a sus países y actualmente representan un enorme riesgo. De hecho, para quienes profesan en Europa y Estados Unidos el rechazo a la migración lo que ocurre les da nuevos argumentos para fortalecer sus teorías, pero estas podrían quedarse cortas ante hechos de terror protagonizados por ciudadanos de origen occidental.
Inclusive hoy en Estados Unidos hay un gran debate acerca de lo que puede considerarse terrorismo, y si caben en el mismo saco el atropellamiento de Manhattan, el asesinato de 56 personas en La Vegas por un hombre que abrió fuego de manera indiscriminada en un concierto y el asesinato de 26 personas en un templo bautista este fin de semana en Sutherland Springs, Texas, por ejemplo. Para el caso estadounidense los mayores impactos para su seguridad han provenido de situaciones que desde la oficialidad se evita llamar terrorismo, al parecer por el solo hecho de que sus autores eran norteamericanos y porque no se les conocían cercanías con extremismos religiosos islámicos.
¿No es terrorismo solo porque no hay un fondo político evidente? Ese es el corazón del debate, donde la diferencia entre terroristas e individuos perturbados que actúan por cuenta propia se ha borrado, y el riesgo para los ciudadanos es el mismo sin importar el origen de la violencia. Lo que parece claro allí es que no es la inmigración ni la tolerancia religiosa lo que hace vulnerable a ese país frente a las acciones de terror que alcanzan mayor relieve, sino que el corazón del problema está en la ausencia de control a las armas. Los sectores conservadores que defienden la propiedad de las armas prefieren pensar que ese tema nada tiene que ver con las masacres de Las Vegas y Texas. ¿Tendrán razón?
La duda es si a algunas víctimas del terrorismo se les otorga más protección que a otras con base en quién los atacó o por qué. Lo cierto es que la vulnerabilidad es cada vez mayor, y hasta el vecino aparentemente más tranquilo podría desencadenar un hecho de terror, sin que todavía las grandes potencias cuenten con herramientas reales y concretas para frenar este tipo de actos desenfrenados que afectan a tantos ciudadanos en el mundo.