El despido del director del FBI, James Comey, en los Estados Unidos, y la posterior amenaza del presidente Donald Trump para que no revele unas supuestas grabaciones de conversaciones entre los dos, es apenas una muestra de cómo puede comportarse el líder del país más poderoso del mundo para evitar que se le investigue y se conozcan sus oscuros secretos. “Será mejor para Comey que no haya grabaciones de nuestras conversaciones antes de que empiece a filtrar a la prensa”, dice el mensaje en Twitter del mandatario, en una clara y breve frase que llevó al saliente funcionario a renunciar a ir al Senado a hablar de su despido, como tenía previsto.
Inicialmente Trump dijo que la salida del jefe del FBI se debía a un informe de la Fiscalía sobre su conducta irregular al cerrar el caso de los emails de Hillary Clinton, pero luego reconoció que sus motivos eran personales. Todo se dio luego de conocerse de una cena de ambos en la Casa Blanca el pasado 27 de enero en la que Comey le aseguró al mandatario que sería “honesto”, ante la pregunta de Trump de si sería “leal”. Lo que se quiera esconder saldrá en algún momento, ya que hay tal intriga hoy en los círculos de poder de Washington que todo tiende a agravarse, más aún por las permanentes humillaciones del mandatario que viene recibiendo el exjefe del FBI.
Una vez más queda en evidencia el estilo déspota de Trump, a quien poco le importa pasar por encima de quien sea y de lo que sea, con tal de lograr sus propósitos. Es una forma de comportarse que le ha dado frutos como empresario y que le sirvió como candidato, pero que en el nuevo escenario podría acarrearle nuevos y grandes problemas no solo a él sino al mundo entero, por estar en medio la posibilidad de que Rusia hubiera tenido injerencia directa en las elecciones de los Estados Unidos y el correspondiente resultado que tiene al magnate inmobiliario en la Casa Blanca.
Como para llenar la copa y demostrar que está dispuesto a hacer lo que sea para echarle tierra a los asuntos que podrían inculparlo, el mandatario también tomó la determinación de amenazar con cancelar las conferencias de prensa y solo emitir comunicados escritos, actitud que roza con la censura. Son jugadas erróneas que lo van a llevar a verse más enredado que libre de los señalamientos que se le hacen desde los sectores opositores y que en el ámbito de la política tampoco deja lugar a que las cosas se queden en silencio como pretende Trump con su carga de amenazas.
El Comité de Inteligencia del Senado ha mostrado ahora mucho más interés en conocer a fondo acerca de la trama rusa, aunque el hecho de que la mayoría parlamentaria sea republicana no permite pensar en que se avance mucho en una investigación que podría ser favorable a los demócratas. Ahora bien, si impera el fortalecimiento del bipartidismo y los deseos de esclarecer los hechos y defender la tradición democrática de los Estados Unidos, Trump podría verse en graves aprietos por sus extrañas cercanías con Putin, algo que los estadounidenses no están dispuestos a tolerar en caso de comprobarse.
Llama también la atención la actitud desafiante del mandatario, cuando un día después de despedir a Comey, se reunió en el Despacho Oval con el ministro de Exteriores de Rusia, Sergey Lavrov, y el embajador en Washington, Sergey Kislyak, que hacen parte del entorno más cercano de Putin. De comprobarse que la campaña de Trump fue cómplice de los ciberataques rusos a la administración de Barack Obama y a la campaña de Clinton, se podría configurar un escenario en el que el presidente no tendría escapatoria al haber traicionado a su país con la ayuda de gobiernos extranjeros. Más, cuando asesores de Trump les prometían a los diplomáticos rusos que cuando llegaran a la Casa Blanca les levantarían las sanciones que les había impuesto el gobierno anterior.