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Los líderes de Corea del Norte, Kim Jong Un, y de Corea del Sur, Moon Jae-in hacen historia al decidir abandonar un conflicto que mantuvo a los dos países en tensión durante los últimos 65 años. Ambos pueblos pertenecen a la misma sangre, la misma familia, como lo manifestaron los dos presidentes en su pacto de paz, por lo que era un total absurdo que se mantuvieran distanciados y hasta en pie de guerra. Se abre así un nuevo horizonte para la península coreana, que superando diferencias ideológicas trasnochadas, pertenecientes a la Guerra Fría, pueden comenzar a construir un futuro común, como debe ser.
En la llamada Declaración de Panmunjom para la Paz, la Prosperidad y la Unificación de la Península Coreana los dos líderes exponen que la guerra ha terminado. Hay que recordar que a comienzos de la quinta década del siglo pasado ambos países libraron una cruenta guerra (en la que incluso participó el ejército colombiano) cuyos últimos combates ocurrieron en 1953, y terminaron con un armisticio, pero las tendencias ideológicas comunistas (del Norte) y capitalistas (del Sur), hicieron que el ambiente de confrontación persistiera hasta hoy. 
Un compromiso central es la desnuclearización completa de los dos países, con lo que también se le baja la temperatura a las diferencias históricas de los norcoreanos con los Estados Unidos. De hecho, un próximo paso acordado por los líderes coreanos es una reunión con el presidente estadounidense, Donald Trump, con el propósito de construir un mejor clima de entendimiento. Recordemos que hasta hace muy poco los norcoreanos amenazaron con lanzar misiles con blanco en territorio norteamericano, y que los insultos entre Kim Jong Un y Trump estuvieron a punto de encender una guerra. Con China, el vecino más fuerte de esa zona del mundo, tendrán que buscarse también acercamientos para evitar que pueda ser en el futuro otro factor que desestabilice.
En el porvenir renovado de los coreanos se plasma la idea de buscar, conjuntamente, impulsar conversaciones multilaterales con el resto del mundo, para tratar de avanzar en el fin del aislamiento de Corea del Norte y lograr mayores equilibrios económicos y sociales que redunden en beneficio de los 80 millones de personas que habitan en la península. Las puertas de este gran avance para la paz mundial fueron abiertas por la inclusión de deportistas norcoreanos en la delegación del sur que participó en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018, realizados en territorio surcoreano a comienzos del año. Tendrán que venir ahora acuerdos, por ejemplo, alrededor de la pesca marítima en la frontera, en lo cual también han persistido las tensiones.
No obstante, el optimismo que despierta una noticia como esta no puede ocultarnos la realidad de las diferencias que por décadas se han edificado entre ambos pueblos, lo que no hará fácil el proceso de adaptarse a la paz. Además, hay que permanecer atentos a los alcances de la desnuclearización y de otros aspectos relacionados con los derechos humanos, por ejemplo, en lo cual el resto del mundo tiene que hacer exigencias. Habremos de actuar como observadores cautelosos, sobre todo porque lo firmado es solo un mensaje de buenas intenciones que tendrá que ser aterrizado en acciones concretas, de cuya implementación dependerá que la paz se logre consolidar.

En un momento en el que el presidente ruso, Vladimir Putin, parece querer revivir formas de actuar propias de la vieja Unión Soviética, y que el líder estadounidense se empeña en fortalecer el proteccionismo económico, lo que pasa ahora en la península coreana debe llevarlos a reflexionar acerca de la necesidad imperiosa de trabajar a fondo por la paz del mundo, sin cometer arbitrariedades e interviniendo de manera positiva en la solución de los conflictos que persisten en diversas partes del planeta.