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Podríamos detenernos en cada uno de nuestros municipios, de nuestros corregimientos, de los asentamientos humanos y darnos cuenta de que serán muy pocos los que no tengan sobre sí una amenaza que se cierne en estos sitios como espada de Damocles. Así fue Armero, así sucede con las construcciones a orillas de los ríos, así también con quienes insisten en construir en las laderas sin tratamiento alguno. También en los lugares en donde se descuajan los bosques y las selvas para construir viviendas. El riesgo es inherente a la expansión humana, pero dejar las dudas sin resolver es esperar a que luego nos den la razón los muertos, cuando no haya más qué hacer.
Hoy la noticia de 273 muertos la contamos en Mocoa (Putumayo), hace meses en Salgar (Antioquia), antes en otros lugares, incluidos los territorios caldenses en donde tenemos tantas historias tristes qué contar. Hoy de nuevo La Dorada está inundada, por ejemplo. En Manizales, ni hablar: Cervantes, Aranjuez, El Caribe, La Carolita, Villa Luz, entre otros, son parte de nuestra trágica historia invernal. 
Podemos seguir echando la culpa de este tipo de tragedias a las lluvias que superan los registros históricos, pero lo que tenemos que hacer, como ya lo han advertido todos los foros sobre cambio climático, es adaptarnos para que estos fenómenos, cada vez menos atípicos, nos den la oportunidad de hacer un mejor trabajo de prevención. Es necesario actuar siempre como si esos extremos se puedan llegar a presentar, porque cuando se den no habrá nada que pueda contener la naturaleza. Ya lo dijo el obispo de Mocoa, monseñor Luis Albeiro Maldonado: "Dios perdona siempre, las personas perdonan a veces, pero la naturaleza nunca perdona".
De hecho la historia relata que antes el río Mocoa había causado estragos en esa población, dejando destrucción y muerte. Pero se volvió a construir en su ría, sin que se tuviera en cuenta la historia. Seguimos sin hacer caso a la naturaleza y esta se encarga de recordarnos cada tanto cuáles deberían ser nuestras prioridades. Los planes de ordenamiento a veces inclusive repiten, uno detrás de otro, cuáles son las posibles vulnerabilidades de cada territorio, pero se quedan allí los anuncios como si no se debieran tomar medidas para evitar tragedias posteriores.

Vendrán los planes de atención a la población que sufrió esta tragedia, que es la prioridad en este momento. Luego llegarán las ayudas y los planes de reconstrucción, pero esto seguirá siendo insuficiente si no se actúa para evitar que se vuelva a construir en la zona de posible creciente del río, si no se hace nada para recuperar las márgenes de los afluentes que recorren el territorio y si no se plantan árboles que ayuden a contener los caudales y a regularlos. Si de esta tragedia aprendiéramos la importancia de actuar, si ordenáramos las prioridades de nuestros municipios y nos tomáramos en serio la planeación territorial sería un éxito. Así no tendríamos que esperar a que estas dudas después nos las resuelvan los muertos que dejan las tragedias.