De acuerdo con la Biblia, dijo Jesús a sus discípulos: "ustedes son la sal de la tierra y si ustedes se corrompen ¿cómo evitar que se corrompa el pueblo?" Volvemos a esta recurrente expresión para dar cuenta de cómo la corrupción que presentan hoy algunos órganos de la justicia a través de sus integrantes hace perder la fe en la posibilidad de un país mejor. La confesión que hizo el fiscal Rodrigo Aldana Larrazábal de recibir beneficios de Otto Bula para aplazar dolosamente decisiones que tenían que tomarse en torno a un proceso que se le seguía al excongresista, dan cuenta de hasta dónde ha llegado la situación.
Seguramente habrá un proceso y se le respetará el debido proceso para que el fiscal delegado ante el Tribunal Superior de Cundinamarca pueda argumentar su defensa, pero al aceptar cargos queda claro que sí hubo corrupción y nada más ni nada menos que de quien debe estar llamado no solo a investigarla, sino a promover que no haya más casos como este en el país. Este no es un caso aislado en la justicia colombiana. Ya vemos cómo se repiten escándalos que envuelven desde jueces municipales hasta los más altos magistrados en prácticas non sanctas. Con el caso Odebrecht, del cual este parece ser otro apéndice, hemos aprendido que los tentáculos pueden llegar a cualquier lugar, pero debería servir también de la justicia que funciona.
Es el caso de la operación Lava Jato, de fiscales brasileros, reconocida en diciembre pasado con el Premio Mundial a la Transparencia. Le reconocen no solo que se trata de unos abogados probos que han hecho su tarea de la mejor manera, sino que dieron el paso a concienciar a la ciudadanía de por qué era importante avanzar en ese proceso y así lograron promover una reforma en el Congreso de ese país contra la corrupción, la cual los congresistas intentaron detener en varias oportunidades y el pueblo respaldó a la justicia en sus movilizaciones en la calle. Eso es seguramente lo que Montesquieu imaginó cuando trazó la división de los poderes y concibió el papel de la judicatura en una República democrática. No el remedo de pago de favores que hoy tenemos.
Se nos corrompió la sal hace rato y es como si nada pudiéramos hacer para resolverlo. ¿En dónde quedaron los jueces que llevaron a las altas cortes a ser ejemplo de buen proceder? ¿Dónde está el liderazgo judicial para aceptar reformarse? Se ha visto cómo se ha tornado casi imposible lograr modificaciones a su estado de comodidad en el que se encuentran. Si algo se quedó corto o no resolvió los problemas de fondo en la Constitución del 91, fue la reforma al poder judicial. Y esto, hay que decirlo con total claridad, es una vergüenza.
Lo peor es para los cientos de personajes honestos, responsables, que insisten en hacer las cosas bien desde sus cargos en la Rama Judicial, lejos de vanidades personales o apetitos burocráticos, que responden a la majestad de la justicia. El Poder Judicial tiene mucho de responsabilidad en los grandes problemas del país y, peor aún, no es solo por su paquidermismo decisorio, su lejanía de las realidades, sino por cohonestar con la politiquería y la corrupción. Esto es tocar fondo. Ojalá haya luz al final de túnel, pero aún no se vislumbra.