La Organización de Estados Americanos (OEA) parece recibir las razones que le faltaban para de una vez por todas avanzar en la aplicación de la Carta Democrática, que permite a su Consejo Permanente decretar sanciones contra un país miembro si encuentra motivos suficientes para ello. El Supremo, máximo organismo judicial de Venezuela, acaba de inhabilitar a la Asamblea Nacional para que haga el trabajo para el que existe: legislar. Hasta ahora venía derribando una a una las decisiones de ese cuerpo colegiado que iban en contra de las intenciones del Gobierno de Nicolás Maduro, pero lo que hace ahora es claramente dar un golpe a la división de poderes y arrogarse competencias que no tiene.
Esta es una clara respuesta de Maduro, que controla el poder judicial, contra la OEA y contra el legislativo venezolano que ha intentado frenar los desafueros cometidos por su Gobierno, los mismos que tienen al país sumido en una crisis alimentaria y de medicamentos sin precedentes y en donde la inflación y la caída del PIB superan cualquier mal presagio que se hubiera hecho hace un par de años. Los venezolanos que intentan oponerse a las malas decisiones gubernamentales son bloqueados de muchas maneras, entre ellas la cárcel. Se cuentan casi dos mil presos políticos.
El problema pasa de castaño oscuro. La decisión de la OEA de permitir que se aprobara el estudio para ver si se aplica la Carta Democrática a Venezuela es un avance, sobre todo, cuando por años los aliados venezolanos que se han beneficiado de los subsidios de ese país no lograron reunir los votos para bloquear esta medida. Sin embargo, se necesita que la decisión mostrada por el secretario general, Luis Almagro, pase de las posiciones fuertes en los micrófonos a los hechos. Que no se vayan a quedar sin lo sustancial. Después de abrir el camino, se deben dar pasos sin pausa para que se lleguen las sanciones, pero teniendo el cuidado de no agravar la situación del pueblo venezolano que padece al mal Gobierno.
La decisión del Supremo no deja duda de que la otrora rica Venezuela es hoy una dictadura, que se apoltronó en el poder gracias a los excedentes del petróleo en su momento, a la retórica caudillista de Hugo Chávez, a la genuflexión de otros Estados que cambiaron apoyos por dólares y a la incapacidad de la oposición de lograr un proyecto unificado, monolítico, que pudiera hacer frente a tamaña empresa populista.
La OEA tiene la oportunidad de mostrar que no es el paquidermo que todos hemos visto en los últimos años, que por encima de la burocracia lógica de organismos de esta clase es capaz de mantener su objetivo claro, que no puede ser distinto a preservar e incentivar la democracia en los países miembros. Mientras no se demuestre lo contrario, este sigue siendo el sistema más equilibrado y equitativo que se pueda tener. Las dictaduras no puede revivirse y regresarnos a pasajes oscuros de nuestra historia, y peor aún que lo hagan disfrazadas de democracias.