Hablar de Salamina es hablar del origen de la caldensidad. Su fundación (1825) en los orígenes de la República fue el asentamiento desde el que se extendió la colonización antioqueña. Se constituyó como la ciudad más importante del sur de la entonces Antioquia y mantuvo su liderazgo hasta su primer centenario. La importancia de este municipio del norte de Caldas no tiene discusión. Su influencia en la cultura, en la literatura y en la política comarcana se hace tangible en los ciudadanos ilustres que ha dado esa tierra y en el patrimonio arquitectónico que le da fama y atrae turistas.
La conservación de Salamina y de sus casas de tapia, de madera, con aleros centenarios, con patios interiores perfectamente conservados, con puertas, ventanas y calados que embellecen los edificios trazaron el camino que condujo a la Unesco a conceder la declaratoria de Paisaje Cultural Cafetero de 47 municipios de Caldas, Quindío, Risaralda y Norte del Valle. Abrió el camino en 1982 cuando fue reconocida como Monumento Nacional, ratificada en el 2005 como Bien de Interés Cultural y Turístico de Carácter Nacional. Por todo esto, el duelo de los salamineños por sus construcciones consumidas por un incendio en la noche del pasado jueves es el duelo de todos los caldenses y de la Colombia que entiende el valor del patrimonio.
La vulnerabilidad de estas edificaciones es la misma que tienen muchas casas del Centro Histórico de Manizales o de Aguadas, decenas de calles en los municipios caldenses, cada vez más olvidados de su historia arquitectónica. Propietarios que enfrentan dificultades graves como no poder acceder a seguros, o someterse a exigencias desproporcionadas del Ministerio de Cultura para poder intervenir sus predios y mantenerlos en buenas condiciones. Debe servir este lamentable hecho para que tomemos conciencia de la importancia de tener unos planes muy concretos sobre la vulnerabilidad que nos cerca. De lo contrario, podremos ver de nuevo aparecer las llamas amenazantes, el comején silencioso, la humedad constante, acabar con más y más bienes.
En 1977 se produjo un incendio similar en este municipio que atacó el costado occidental de la Plaza de Bolívar y que dejó una cicatriz terrible en la arquitectura patrimonial. No se puede repetir ese error. A reconstruir la cuadra con las condiciones necesarias para mantener la belleza del municipio. Esto no lo pueden hacer solos los dueños de las residencias y locales. Para ello necesitan del concurso de las autoridades y del acompañamiento del Ministerio de Cultura y la Secretaría de Cultura de Caldas. Se les deben brindar ayudas suficientes y encontrar las salidas para cumplirles a ellos y a los salamineños todos. Pues igual, todo el pueblo es vulnerable, como quedó demostrado.
Ebanistas, albañiles, ladrilleros, tapieros, tejeros, talladores y fundidores hicieron de la guadua, de la madera en general que abundaba en los bosques, la principal fuente de construcción en los municipios de la colonización antioqueña. Es Salamina la joya conservacionista de ese legado, pero esta triste noticia no puede sino servir para sacar del marasmo a la dirigencia de ese municipio, que se ha domeñado por años a las lógicas pragmáticas de la politiquería. Este momento debe ser revulsivo para reconstruir esa bella calle y generar una política pública que realmente sirva para hacer de esta localidad la joya intocable que todos queremos, pero en buenas condiciones.