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El manejo responsable que se viene haciendo de la economía, con disciplina en el gasto y respeto por la llamada Regla Fiscal, permitió que la semana pasada la calificadora de riesgo Fitch Ratings mantuviera estable, en BBB, su percepción de la economía colombiana, lo que significa sin duda un mensaje de confianza en el futuro del país. Dicha manifestación se complementa con lo expresado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) acerca de la recuperación en el crecimiento, que señala un camino promisorio en el comportamiento económico, aunque no en los niveles que quisiéramos. El alza de los precios del petróleo y la posibilidad de que se mantengan alrededor de los 70 dólares el barril juegan a favor de las finanzas colombianas.
Tales pronunciamientos lo que hacen es reconocer un buen manejo frente a la coyuntura de los bajos precios del petróleo desde mediados del 2014, que afectaron en forma seria el presupuesto nacional y desaceleraron la economía. El panorama todavía está lleno de arenas movedizas y habrá que tener un manejo muy responsable de las finanzas públicas en los años venideros, si queremos que en el mediano y largo plazo podamos crecer a tasas que garanticen una lucha efectiva contra la pobreza y el cierre de las brechas que nos hacen uno de los países más inequitativos del planeta.
Los conceptos del FMI y de Fitch deben ser tomados en cuenta por quien llegue a ocupar el Palacio de Nariño el próximo 7 de agosto, para poder seguir avanzando en la mejora de los distintos indicadores y fortalecer de manera estructural todo el andamiaje macroeconómico que nos mantenga en condiciones favorables frente al resto del mundo. Aunque muy limitada, la anterior reforma tributaria ayudó a proteger la inversión pública y el gasto social, y a seguir ajustando la inflación a los niveles establecidos como meta por el Banco de la República. Tales circunstancias ayudan a percibir una economía más estable, en la que el desafío más importante sigue siendo el incremento de la productividad.
Ahora bien, lo que se viene haciendo en materia de inversión pública en grandes obras de infraestructura, los efectos de haber bajado los niveles de violencia por vía del acuerdo de paz con las Farc y una mayor dinámica comercial de ida y vuelta, podrán mejorar de manera sustancial el comportamiento general de la economía, en donde hay que seguir avanzando hacia una verdadera reforma estructural en lo tributario, y una lucha frontal contra la evasión de impuestos. También controles efectivos a la corrupción que afecta de manera directa el erario, y que además de cercenar presupuestos acaba con la confianza. El objetivo tiene que ser terminar el 2018 con un crecimiento económico del 2,7% (como lo plantea el FMI) y lograr que el 2019 tal crecimiento termine alrededor del 3,3% (como lo espera Fitch).
Colombia es hoy, sin duda, un mejor lugar para invertir, y ese mensaje les está llegando a los dueños del capital en el mundo. También se le abren al país posibilidades significativas de abrirse a los mercados y ampliar su abanico exportador, ojalá con más productos de valor agregado, distintos a los inestables commodities. En el mercado doméstico, además, con una inflación controlada y unas tasas de interés más bajas, debe volver a reactivarse de manera fuerte el consumo interno, que es motor fundamental de nuestra economía.

Un desafío clave en el que el actual gobierno viene trabajando, pero que requerirá más compromiso de la próxima administración tiene relación con la reducción de la deuda pública, actualmente en el 43,4% del PIB, pero que debería ser reducida hasta el 30,5% en la próxima década, como lo aconseja Fedesarrollo. Hay, pues, un panorama económico estable que debemos proteger, sobre todo para que sea base firme de crecimiento hacia el futuro.