El año que acaba de comenzar será bastante movido en la política, en medio de grandes incertidumbres acerca del rumbo que tomará el país tras la salida del cargo, el próximo 7 de agosto, del presidente Juan Manuel Santos. Las vicisitudes también se vivirán en el campo económico, en el que se tiene la responsabilidad de tener un crecimiento mayor que el del año pasado, al mismo tiempo que se debe controlar la deuda externa y lograr un descenso significativo en el déficit fiscal, como única manera de recuperar la confianza de inversión extranjera. En un campo más amable, tenemos la esperanza de una gran presentación de Colombia en el Mundial de Rusia.
El próximo 11 de marzo los colombianos saldremos a votar por un nuevo Congreso de la República, que será fundamental como escenario de discusión de asuntos clave que permitan consolidar el proceso de construcción de paz en el que se encuentra el país. Además de escoger a los más capacitados para ocupar esas curules y a quienes estén dispuestos a avanzar en un camino alejado de la histórica violencia política que nos ha acompañado por décadas, lo más importante es que los elegidos sean realmente personas éticas, sin la más mínima sospecha de vínculos con el crimen y la corrupción, que es la raíz de las grandes dificultades de Colombia.
En este año esencialmente electoral, la escogencia de los miembros del Congreso influirá de manera directa en las elecciones presidenciales de mayo, que como están las cosas no muestran indicios de resolverse en primera vuelta. Lo más seguro es que solo a finales de junio sabremos quién será el nuevo mandatario de los colombianos. Dicho debate democrático se dará en medio de una gran polarización política que esperamos no nos lleve a revivir las épocas sangrientas que, por fortuna, han ido quedando en el pasado. La presencia de las Farc en el escenario de la política, en lugar de llevar a nuevas violencias, deben conducirnos a la madurez política de la confrontación de ideas sin armas.
Si bien el panorama no es muy promisorio, es clave no perder la esperanza en que este año resulte bueno para dar cimientos a la construcción de un mejor país, más próspero y pacífico. El Gobierno Nacional tiene enormes desafíos en todos los campos, que esperamos afronte de manera acertada, y que la sociedad colombiana tenga un comportamiento coherente con la necesidad de luchar contra la corrupción y el odio que ha calado en los huesos de muchos compatriotas. También se necesita con urgencia más protección a nuestros niños y mujeres, tantas veces vulnerados en sus mínimos derechos.
En el plano internacional esperamos que también haya una recuperación económica global que impacte favorablemente en América Latina, y que los riesgos de profundizar conflictos violentos y de que se expanda más el terrorismo sean bloqueados con una buena estrategia nacida de un coordinado liderazgo internacional. Ojalá, no solo en Colombia, sino en todo el mundo, se escuche el mensaje del papa Francisco de superar los odios y buscan más entendimiento, como una forma de ser más humanos.
Para Manizales y Caldas también se tienen retos vitales para este año, empezando por un buen manejo de los recursos públicos en las administraciones públicas, orientando siempre las acciones hacia el bienestar común. Los asuntos ligados a la nutrición, el transporte escolar, una educación cada vez más equitativa y de mayor calidad sin distinciones sociales tienen que ser prioridad. Hay que seguir trabajando para lograr una atención en salud más digna, y que también haya más y mejores empleos para todos. Una orientación en ese sentido será garantía de bienestar social y crecimiento económico desde las familias, y con ello la superación de problemas de pobreza que nos hagan un país y una región con mayor calidad de vida.