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3 de marzo de 1926. Los manizaleños no se reponían del incendio de 1925 que consumió por lo menos 23 manzanas del centro de la ciudad, apenas tres años después del primer gran incendio. Sin embargo, faltaba lo peor. Un nuevo envión de las llamas acabó con la Catedral de Manizales. Era como si la tragedia se regodeara con los habitantes de la pujante ciudad de los años 20, por donde entraban las divisas al país, por cuenta del importante mercado cafetero. Hubo quienes vaticinaron que era el fin de esta próspera urbe y que comenzaba su desaparición. 
Sin embargo, los visionarios de entonces vieron la oportunidad de, precisamente, demostrar que no eran momentos para quedarse en el marasmo y la inacción, sino que se les daba la posibilidad para reconstruir el centro de Manizales y para ello necesitaban un símbolo que concitara todas las voluntades: así surgió la idea de una Catedral que resistiera nuevos embates de las llamas y que fuera tan fuerte y tan imponente que dominara el paisaje. Que se hablara de ella en todas partes. Un concurso internacional, con participación de importantes arquitectos europeos, permitió que se aprobara un diseño neogótico, con la capacidad de ser embellecida, por fuera por la naturaleza y por dentro por el hombre. La idea de unas enredaderas que la adornaran sucumbió luego por el temor a la humedad, la misma que hoy la vuelve a amenazar.
La Catedral de Manizales se constituyó en un hito, el tótem para los manizaleños que, independientemente de creencias o pareceres, ven en ella la mejor representación de lo que ha sido su historia, el símbolo que muestra cómo se puede sobreponer una sociedad a la adversidad. Para lograrlo, hubo detrás todo un trabajo de civismo, encabezado por la Sociedad de Mejoras Públicas y por los principales hombres y mujeres que asumieron como propia la causa de llevar a cabo tamaña empresa. Los caldenses en conjunto, desde el Quindío hasta el río Magdalena, recogieron dineros para ayudar a culminar la obra. De ahí, que su terminación en 1939 llenó tanto de júbilo, como la tristeza cuando en 1962 cayó una de sus torres por cuenta de un terremoto.
Las campañas que anuncian la Fundación Amor por la Catedral y la Junta Cívica buscando recaudar los recursos necesarios para hacer el mantenimiento a la Catedral, y así se cuente con este Patrimonio de los colombianos para rato, debe recibir todo el apoyo. Para ello será necesario que se haga un presupuesto claro, con partidas muy exactas de lo que se necesita para evitar más el deterioro y que se brinde confianza en las personas que ejecutarán los recursos. Que se haga una rendición de cuentas permanente para que de esta manera los benefactores sepan en qué se está invirtiendo el dinero. Los tiempos que corren exigen que la ciudadanía deba tener la tranquilidad de que sus recursos recibirán el mejor destino.

La Catedral de Manizales no es un símbolo exclusivo para los católicos, que evidentemente son mayoría, sino que se trata de una obra que hasta el más ateo le reconoce sus virtudes de representación de la caldensidad. La recuperación en los últimos años de su estructura, del importante lugar turístico que es el Corredor Polaco, de sus plazoletas para que las puedan visitar miles de personas permiten ser optimistas en que el sentido de pertenencia y el valor que se le da a su existencia va a traer los resultados esperados para verla remozada y recuperada en no mucho tiempo. Que 2017 y 2018 sean los años de la recuperación.