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Donald Trump se ha tenido que tragar como presidente muchas de sus palabras como candidato, pero también ha demostrado que con su pragmatismo en asuntos de Estado no le tiembla el pulso para tomar decisiones que hoy tienen a la comunidad internacional atenta a lo que pueda suceder ante un posible escalamiento de las confrontaciones bélicas, en las que está involucrado Estados Unidos de alguna manera, caso Siria o Yemen, o en dar pasos definitivos con los opositores sempiternos que se han contenido hasta ahora con una que otra asomada de dientes, como Corea del Norte.
El problema es que esa determinación de Trump, demostrada con la explosión de la madre de todas las bombas en Afganistán y los 59 misiles lanzados en Siria hace dos semanas, es prueba de que no se andará con rodeos con el régimen de Kim Jong-un y para eso envió un portaaviones desde hace casi un mes a aguas internacionales cercanas a ese país, que en protesta lució el pasado sábado en un desfile militar armas de largo alcance que no había mostrado antes, esto previo a una prueba de misiles que finalmente se frustró para el pasado domingo.
Si algo ha demostrado el Gobierno de Pyongyang es que está dispuesto a no medirse en sus decisiones y sabe que la facilidad para hacer un daño considerable en Seúl, ciudad con más de 10 millones de habitantes, es motivo suficiente para que se le tema. Por eso resultan clave las decisiones que puedan venir en los próximos días, la posición que fije China, siempre cauto frente a Kim Jong, pero de alguna manera es el único que ha mantenido las relaciones con este país paria, todo como una forma de hacer perdurar sus alianzas en Asia y para contener posibles migraciones o problemas en su frontera común.
La visita la semana antepasada del presidente chino a Estados Unidos sirvió para cambiar el tono de Trump sobre el gigante asiático y a la vez, aunque no se tienen certezas de lo hablado en torno a Corea, es evidente que la actitud de China podría cambiar y ayudar a ahogar la dictadura que supervive desde hace 70 años por tres generaciones. No es de poca monta lo que está en juego. La visita del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, a Corea del Sur para reiterar la alianza que tienen los dos países y demostrar que su nación está dispuesta a jugársela por su aliado y a protegerlo deja claras las movidas. No obstante, si se tiene en cuenta el carácter de los líderes de ambos países nadie se atreve a prever el resultado, sino que se coincide en la incertidumbre, y es justamente esto lo que tiene en vilo al mundo, pues se sabe del arsenal atómico que posee Pyongyang y quién sabe qué otras armas no convencionales.

También es ya bastante conocido que el actual ocupante de la Casa Blanca no teme en recuperar el rol de policía del mundo que durante los años de posguerra se arrogó el país norteamericano, y si para eso se tiene que tragar algunas promesas de campaña, no dudará en hacerlo, pues para él está por encima la imagen de un Estados Unidos fuerte y que sea respetado por el resto del mundo. Ojalá el tiro no le salga por la culata.