Por primera vez en la historia desde que se conformó la actual República de Colombia, nuestro país afronta un fenómeno migratorio en el que somos receptores de decenas de miles de ciudadanos de un país vecino, en este caso Venezuela. La situación que se vive hoy en la frontera es compleja y empieza a ocasionar toda clase de dificultades para los colombianos que habitan en las ciudades que están más expuestas a la llegada de esta migración, que crece cada día. Se calcula que unos 600 mil venezolanos han llegado en los meses recientes, y todo indica que vendrán muchos más. Atender de manera eficiente esta realidad novedosa, sin que se afecten nuestros compatriotas de la frontera, es el gran desafío que debe acometer con gran responsabilidad el Gobierno Nacional.
De hecho, se requiere con urgencia una coordinación perfecta entre las instituciones del Estado para evitar que se produzca una crisis humanitaria que genere caos y perjuicios graves en las regiones más vulnerables. Además, tampoco puede caerse en actitudes xenofóbicas y discriminatorias que hagan difícil la convivencia y genere violencias. Es verdad que una minoría de los migrantes se ha convertido en factor desestabilizador de la tranquilidad en los municipios de la frontera, pero no puede estigmatizarse a todos los que están llegando con el propósito de emprender vidas renovadas en nuestro territorio y aportar positivamente.
Este es un momento en el que debe concretarse la solidaridad con nuestros hermanos venezolanos, acogerlos, comprender que su presencia en nuestro país es provocada por un régimen totalitario y corrupto que tendrá que acabar pronto, y que la gran mayoría de las personas que vienen pueden ayudar al crecimiento de Colombia. Ahora bien, para afrontar con éxito esta migración, que comienza a ser masiva, es necesario tocar las puertas de la comunidad internacional, donde hay organizaciones especializadas en abordar hechos de esta naturaleza y que tienen recursos con los que deben prestar un apoyo a nuestro país en la magnitud que se requiere.
El presidente Juan Manuel Santos anunció que la próxima semana, el 8 de febrero, se adoptarán nuevas medidas que permitan controlar el fenómeno y evitar que se salga de las manos. Habrá que establecer zonas especiales para albergues temporales y garantizar en ellos la atención alimentaria y de salubridad, al mismo tiempo que ejecutar operativos de control que frene la concentración de migrantes en parques, andenes y otros espacios públicos, y que reduzca significativamente los problemas de seguridad. Si se adoptan medidas consistentes y se aplican de la manera adecuada, los colombianos de la frontera no tienen por qué sufrir consecuencias negativas, en su seguridad, en su salud y en su empleo.
Además, tampoco se puede caer en el error de brindar atenciones demasiado esmeradas y permanentes a los migrantes, lo cual los motivaría a quedarse disfrutando de la solidaridad colombiana en forma pasiva, o que incluso eso se convierta en un atractivo mayúsculo para aquellos que todavía tratan de salir adelante en el vecino país. Hay que ser estrictos con la documentación, ordenados para brindar ayudas, pero sin xenofobia, con comprensión, con generosidad.
La realidad hoy es que miles de venezolanos que llegan no se quedan en la frontera, sino que empiezan a desplazarse a ciudades del interior como Manizales. Las autoridades de Caldas y Manizales también deben emprender tareas para conocer bien esa población y ejecutar programas que les permita incidir en forma positiva al desarrollo de nuestra región. Es cuestión de poner orden, tomando en cuenta que muchos países han crecido positivamente con una buena visión de sus políticas migratorias, y que la crisis venezolana no será eterna.