Ocho años después de la grave crisis que vivió Honduras por el golpe de Estado que derrocó a Manuel Zelaya en el 2009, cuando el mandatario quiso hacer profundos cambios constitucionales, ese país centroamericano vuelve a verse en una grave crisis política, motivada por la intención reeleccionista del presidente Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, y las sospecha de fraude en los resultados. Distinto a lo ocurrido con Zelaya esta vez no hay amenaza de golpe de Estado, gracias a que el actual mandatario tiene a los militares de su lado.
Lo cierto es que Hernández ha logrado consolidar una gran influencia no solo en el ámbito castrense, sino en todos los poderes del Estado, al punto de que se le acusa de dominar las decisiones del Tribunal Supremo Electoral (TSE), que después de una semana de las elecciones no había logrado ayer consolidar unos resultados que pudieran ser aceptados por todos los actores de la política hondureña. Aunque, tras varios aplazamientos durante la semana, comenzó este domingo la revisión de cerca de mil actas electorales, la Alianza de Oposición liderada por Salvador Nasralla exige que la revisión cubra cerca de 5 mil actas, o inclusive que se repitan las elecciones.
Desde el año pasado, cuando el actual mandatario anunció su intención de ir a las urnas de nuevo, pese a la prohibición constitucional para hacerlo, se empezó a caldear el ambiente político, y desde esa época se vaticinó el caos en el que caería el país si el mandatario se mantenía en su empeño. La autorización que recibió de la Suprema Corte de Justicia en un falló que causó gran controversia por la supuesta influencia del Ejecutivo, hizo que el país se polarizara y que las tensiones entre los sectores que respaldan al presidente y los que lo rechazan, se enfrascaran en una disputa que hoy alcanza gran violencia. Hasta ayer se contabilizan siete muertos y cerca de 20 heridos relacionados con las protestas ante la incertidumbre en los resultados.
La situación es tan compleja que hasta el papa Francisco hizo ayer un llamado para que el conflicto político-electoral, que mantiene a Honduras en toque de queda, se resuelva de manera pacífica. Durante la semana, además de las muertes violentas, se han vivido episodios de vandalismo, saqueos, incendios y toda clase de desórdenes. Aunque el clima de las tensiones ha descendido en las calles, cada día que pasa sin saberse quién será el presidente para los próximos cuatro años es renovado combustible para una crisis que podría estallar en forma más violenta.
La verdad es que el TSE se ha demorado demasiado para entregar resultados, y que son muy sospechosas las circunstancias en las que se dieron los cambios en las tendencias de resultados, después de que el candidato opositor superaba por cerca de 5 puntos porcentuales al presidente, cuando se había contado casi el 54% de los votos. El inesperado corte de luz que cambió las cifras alienta los reclamos de quienes consideran que se produjo un fraude. Al parecer, los observadores internacionales no han sido garantía de transparencia, lo que hace más compleja la situación.
No será fácil superar esta crisis, cuando tanto Hernández como Nasralla, este último apoyado por Zelaya, se proclaman ganadores de los comicios. Están frescas todavía las heridas de los acontecimientos del 2009 y hay muchos deseos de tomar venganza que pueden llevar a que el caos del presente se extienda en el tiempo y termine ocasionando situaciones peores a las vividas hasta hoy. Ojalá que se hallen las fórmulas para evitar que la violencia tome fuerza en este país centroamericano, considerado el más pobre de la región.