El pasado domingo, durante la primera vuelta presidencial, quedó la certeza de que el 17 de junio Colombia tendrá nuevo presidente de la República, y que la competencia durante estas tres semanas será fuerte entre Iván Duque, del Centro Democrático, y Gustavo Petro, de Colombia Humana. Ellos representan las orillas más extremas a la derecha y a la izquierda, respectivamente, por lo que es fácil intuir que la polarización a la que hemos llegado podría profundizarse.
No obstante, ninguno de los dos candidatos puede desconocer los cerca de 4,6 millones de votos obtenidos por Sergio Fajardo, el 1,4 millones de Germán Vargas y los casi 400 mil de Humberto de la Calle, que corresponden a una amplia franja de centro en la política, y cuyos votantes serán determinantes en la segunda vuelta. Hay que escuchar las voces de quienes resultaron perdedores, que sumados representan casi el 35% de los 19 millones 636.714 ciudadanos que acudieron a las urnas el domingo y que señalaron un nivel de participación del 53,38%, una cifra que no se alcanzaba hace varias décadas en una jornada electoral en Colombia.
Durante estos días se verán alianzas de ambos candidatos con sectores políticos de diversa índole, buscando reunir las fuerzas necesarias para ganar con suficiencia, y marcar así un triunfo que garantice la gobernabilidad del país en los próximos cuatro años. Ahora bien, quedó demostrado que más allá de las posibles alianzas partidistas, en el caso de elecciones presidenciales es el voto individual e independiente el que se expresa de manera más contundente, y los votos que a los jefes políticos les resultan fácil comprometer en elecciones regionales o hasta para Congreso, se convierten en personales e incontrolables cuando se trata de escoger presidente.
Sea cuál sea el resultado de la segunda vuelta, hay profundas dudas que los dos candidatos finalistas en contienda deben aclarar de manera suficiente a la opinión pública, y sobre todo a esa amplia franja del centro que terminará moviéndose para un lado o para el otro, dependiendo de aspectos fundamentales alrededor de la paz, por ejemplo; o de la concepción del modelo de desarrollo para el país. El hecho de ver el domingo a Timochenko acudiendo a votar, en lugar de tenerlo con un fusil generando violencia, es muestra del avance logrado en la pacificación del país a la que no se puede renunciar.
En ese sentido, es vital que Duque supere las generalidades acerca de la supuesta impunidad que fomenta el proceso de paz y diga exactamente qué ajustes haría al acuerdo con las Farc, porque la posibilidad de que termine desbaratando el alma de ese proceso es un mensaje que transmite inseguridad jurídica y puede terminar ahuyentando a la Comunidad Internacional que ha dado todo su respaldo a la paz. Se ha demostrado que lo hecho en esta materia ha sido positivo, no solo por poder desarrollar elecciones sin violencia, como en esta ocasión, sino por lo que viene demostrándose en materia de reconocimiento del mundo a las potencialidades de Colombia.
De la misma manera, y con consecuencias que podrían ser también catastróficas para el país, es necesario que Petro aclare a la opinión pública los alcances de su propuesta de cambio de modelo económico, lo cual puede echar al traste los avances en materia de inversión que han venido creciendo en el país en los años recientes. Y, en ese mismo sentido, debe precisar cómo será su relación con la propiedad privada, cuyo respeto debe ser pilar firme de una democracia. Lo que se diga en estos días para captar a los votantes de centro no debe ser solo una estrategia para lograr el triunfo, sino un compromiso que se convierta en parte esencial del programa de gobierno.