Es difícil encontrar un adjetivo más apropiado para lo que sucederá hoy en el país, que el manido histórico. Resulta que lo es. Que entregue la última parte de sus armas el grupo guerrillero con más capacidad de daño, con mayor número de hombres, que alcanzó a controlar territorios del país, que llegó a ser la organización subversiva más antigua del continente no es un asunto menor, es ver cómo se hace tangible el acuerdo de paz que se firmó con el Gobierno Nacional el año pasado.
Aunque falta por entregar las caletas, a lo que también se comprometieron los jefes guerrilleros, lo logrado hasta ahora es una manera de ganarse poco a poco la confianza que tan difícil ha sido, pues buena parte de la sociedad, razones suficientes, teme que quienes hasta ayer eran delincuentes puedan hacerle conejo a la paz. Al entregar las armas se quitan de encima los subversivos los cuestionamientos más fuertes que pesan sobre ellos hasta hoy, que querían hacer política o relaciones públicas con los fusiles al hombro aún. Con este avance despojan al proceso de esa espada de Damocles que le pesaba.
Obviamente faltan otros pasos, como la entrega de bienes que sirvan para compensar a sus miles de víctimas, como la confesión de sus crímenes, y así poder caminar realmente hacia un país mejor, en el que se acepte a los desmovilizados como parte de la sociedad y con claridad para entender que están arrepentidos de los males causados para empezar una vida nueva en la legalidad. Es así como podrán aprovechar la mano tendida de un país que no termina de estar convencido de su buena voluntad. Se merecen tal desconfianza y por tanto deben andar los pasos ciertos para reconocerles su papel, como les ha pasado a otros combatientes del pasado, que hoy forman parte de la ciudadanía sin que se les pase cuenta de cobro todo el tiempo.
El proceso de paz apenas empieza. Dice un experto en procesos de paz y reconciliación en el mundo, John Paul Lederach, en su libro La imaginación moral, que cuando todos creen que lo más difícil de lograr es un acuerdo entre los enemigos, se vienen a dar cuenta que esto era muy fácil, después de cierto momento, porque lo realmente dificultoso es poner en ejecución los acuerdos. Cumplir las partes con los compromisos, darse cuenta de que la economía es insuficiente para poder llevar a cabo todo lo propuesto, lograr que sean aceptados los combatientes, entender que ya no se requiere un Ejército tan robusto para defender el país, son asuntos que se tornan muy complejos y que implican mucha sabiduría de los líderes para no echar para atrás lo ganado.
De cumplirse hoy, como se tiene previsto, la entrega del total del armamento de las Farc es un día para celebrar como país, como sociedad. Claro que muchos hubieran querido que las Farc fueran derrotadas y aniquiladas con fuego, pero al acordar con el Gobierno una salida negociada, lo que hicimos fue evitar muertos en este país nuestro de tantos cadáveres, de tantas violencias, de tantos rencores, venganzas y conflictos no solucionados. Porque esos guerrilleros no son extraterrestres que han escogido a Colombia para cometer sus fechorías, no. Se trata de otros colombianos como todos nosotros. Por eso lo que resta es reconciliarnos entre nosotros. Que para ello den muestras de arrepentimientos los combatientes y que el Estado sepa entender lo que llevó a estas personas a disentir del establecimiento. Es hora de honrar la palabra también.