Todo parece indicar que el acercamiento de Corea del Norte a Corea del Sur en los Juegos Olímpicos de Invierno, el cual comenzó en diciembre del año pasado cuando el mandatario norcoreano, Kim Jong-Un, pidió que sus atletas pudieran participar en las competencias, empezó a dar sus frutos. El anuncio de la reunión entre el líder de Pyongyang y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, para hablar del programa nuclear del país asiático, encarna un avance diplomático que tiene que llegar a la desactivación de la carrera armamentista del país asiático.
Sin duda que sirvió la presión de las sanciones económicas, lo que tiene al gobierno norcoreano en serias dificultades para mantener a su pueblo fiel al régimen. También hay que reconocer el papel diplomático de los surcoreanos, quienes en medio del deshielo de las relaciones gracias a la camaradería en los Juegos, ablandaron al gobernante vecino, quien finalmente aceptó no solo encontrarse con su líder en abril próximo, sino que ahora se sentará con Trump, algo que ocurre solo un año después de probar con éxito una bomba de hidrógeno y de lanzar el misil Hwansong 15, que según Kim podría llegar hasta territorio estadounidense. Para el líder norcoreano es la oportunidad de tratar de igual a igual a la mayor potencia del mundo, y para Trump la posibilidad de frenar una amenaza nuclear.
Ahora bien, este ambiente de distensión contrasta con lo que ocurre con Rusia. Ver las imágenes del presidente de ese país, Vladimir Putin, celebrando como niño chiquito con su séquito de Gobierno y militar porque al parecer logró desarrollar un misil capaz de sobrevolar los Estados Unidos y de superar el escudo antimisiles desarrollado en el país americano es volver al pasado. La guerra fría ha revivido. Los intereses rusos en América se han despertado, no solo por cuenta de las elecciones en la potencia del norte, en donde no se termina de resolver la trama, hasta las posibilidades de intervención en países como los nuestros. Colombia debe precaver esto de cara a las elecciones que corren, tal como ya lo advirtieron las autoridades electorales.
Rusia no supera el no ser un imperio que alcanzó a tener tamaño descomunal, manejado desde Moscú. De la caída del Muro de Berlín, hace ya 28 años, que sembró la esperanza de un mundo más unido, que trabajara de manera mancomunada por mejorar la calidad de vida de todos sus habitantes, ha terminado en lo que vemos hoy, una opereta que ya conocemos, que empieza por una escalada armamentista, por mensajes de nacionalismos chovinistas, pero que pueden terminar en hechos impensados en los que el mundo queda en vilo, a merced de cualquier gobernante capaz de hacer el primer disparo nuclear o atómico, vaya uno a saber.
Mientras tanto, en su país, Trump llena su discurso de elogios al uso de las armas, lo que parece no tener coherencia con lo que viene ocurriendo y frente al plan de bajarle tensiones al mundo y garantizar la paz. Tanto las acciones de Putin, ad portas de lograr una nueva reelección al frente de su país, como las acciones del presidente estadounidense generan incertidumbres y ayudan a sembrar un clima de inestabilidad que le hace mucho daño a la paz mundial, aun si lo que hacen no pasa de la fanfarronería y de ser unos bocazas. Son líderes del mundo y lo que dicen puede ser tomado por muchos como seguro. Una manera terrible de ejercer el liderazgo.
Como si fuera poco, el ambiente se complica en lo internacional con la amenaza del Reino Unido de no enviar a su selección de fútbol al Mundial de Rusia, que se inicia en tres meses, si se confirma que el espía doble que murió en una cárcel fue envenenado por agentes rusos. Regresa la Guerra Fría, o tal vez nunca se fue y solo bajó de intensidad, pero claramente recupera su lugar, a casi el estado en el que estaban las cosas en 1989 cuando cayó el Muro de Berlín. Ojalá que la distensión con Corea del Norte sirva para recuperar la sensatez.