La barbarie del conflicto armado hizo que miles de niños y jóvenes de zonas rurales en Colombia huyeran con sus familias, dejando atrás sus pertenencias y parte fundamental de sus vidas, como las escuelas en las que aprendían sus primeras letras y lograban hacer sus operaciones matemáticas iniciales. Los que no murieron o no terminaron reclutados por alguno de los bandos criminales, se vieron obligados a recomenzar desde cero con sus seres queridos en lugares lejanos, en los que la preocupación por sobrevivir les robó la ilusión de crecer sanamente en el campo.
Muchos apenas ahora están volviendo a sus lugares de origen. Algunos pudieron seguir estudiando en escuelas distintas a las de su primera infancia, pero otros solo tuvieron la opción de trabajar para ayudar a sus padres y hermanos, y la posibilidad de regresar a las aulas ya es remota. Por fortuna, ahora que regresan a los lugares de los que fueron desplazados, son sus hijos los que demandan educación. Esto es lo que ocurre en diversos sitios de Caldas, a donde poco a poco, desde finales de la década pasada, la tranquilidad también ha vuelto.
Esta realidad esperanzadora es la que encarnan nueve escuelas que reabren sus puertas en zonas rurales del Departamento, sobre las cuales LA PATRIA presentó un informe especial este viernes. Los niños, aunque pocos, empiezan a ser motivo de interés por las autoridades educativas, quienes se comprometen a designar profesores que les transmitan conocimientos y los preparen para ser buenas personas que aporten positivamente a sus comunidades y logren recuperar el campo en convivencia sana con sus vecinos, y cimentar una mejor calidad de vida en la región. Esta es tal vez la mejor expresión de los beneficios del posconflicto.
Situaciones como las de la vereda El Congal de Samaná son emblemáticas, por los dolores que causó la guerra y las ilusiones que vuelven a sembrarse. En otros parajes de Neira, Viterbo, Palestina, Salamina y Samaná las aulas rurales están de nuevo disponibles para los niños campesinos que antes no podían estudiar o se veían obligados a realizar todos los días largos viajes de ida y regreso a cumplir sus sueños de aprendizaje. Lo más importante es que otros centros educativos similares que tuvieron que ser cerrados por la guerra o por la falta de niños en sus alrededores recuperen el esplendor y se conviertan en epicentros de un nuevo amanecer.
Desde el Gobierno Departamental y las administraciones municipales hay que hacer esfuerzos para que estos niños también reciban los beneficios de alimentación y transporte en condiciones dignas, que les ayude a rendir en sus estudios y a desarrollar todo su potencial. Aunque es comprensible que no se cuente con toda la dotación de las escuelas más grandes de las zonas urbanas, es fundamental que les lleguen las nuevas tecnologías, las mejores ayudasdidácticas y profesores muy bien capacitados que preparen a los niños para los retos de hoy. También que se fortalezcan programas como la Universidad en el campo, y en general garantizar mayor presencia y acompañamiento del Estado.
La idea es que metodologías exitosas como la Escuela Nueva sirvan para alcanzar niveles excelentes de calidad educativa, y garantizar que estos jóvenes se destaquen y se queden en el campo, actuando en el futuro como verdaderos empresarios agrícolas, con familias bien educadas y posibilidades de avanzar en su crecimiento social y económico. Si se les ofrecen buenos servicios educativos y de salud, como mínimo, será posible frenar la romería hacia los centros urbanos, donde solo tienen la alternativa de engrosar cinturones de miseria. Si las políticas en este sentido son consistentes podría llegar el momento en que muchos campesinos que se fueron para las ciudades se decidan a regresar a tener una vida mejor en sus lugares de origen.