alberto moreno

Fotos cortesía | LA PATRIA

Alberto Moreno Armella, arquitecto barranquillero, docente y curador del Museo de Arte de Caldas (MAC).

Hablar de Alberto Moreno Armella es hablar de una figura central de la historia cultural reciente de Manizales. Tenía 85 años, era barranquillero, pero las montañas de la Ciudad de las Puertas Abiertas lo cautivaron, así como las obras de arte que evaluó hasta los últimos días de su vida. 

El pasado 18 de octubre el que fue curador del Museo de Arte de Caldas (MAC) durante 25 años falleció. Era el que se encargaba de dar sentido y coherencia a las exposiciones que ocupaban las salas de este espacio cultural ubicado en el Teatro Los Fundadores. 

Fue, como lo describen quienes lo acompañaron, un hombre que no solo instalaba obras, sino que las pensaba, las discutía y las hacía dialogar con el público.

planos

Su forma de comunicarse siempre fue de manera escrita. Una caligrafía fina que lo acompañó durante su vida.

En Manizales

Moreno arribó a la capital de Caldas para marcar un punto de inflexión en la vida artística local. Lo hizo en 1985, mismo año en que ocurrió la tragedia de Armero, y desde entonces la ciudad se convirtió en su hogar. La docencia en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional y su labor como gestor cultural definieron su vínculo con el territorio. 

“Cuando Alberto llegó, Manizales no tenía la oferta cultural que hoy posee. A través del MAC hizo posible que la ciudad acogiera el arte de manera más amplia, con exposiciones de artistas locales, nacionales e internacionales”, recordó Elvira Escobar de Restrepo, presidenta ejecutiva de la Junta Directiva del MAC.

Asimismo, el MAC fue fruto de su insistencia. Lo soñó junto a su amigo Gabriel Barreneche Ramos, con quien compartió la convicción de que la ciudad merecía un espacio para el arte contemporáneo. Lo consiguieron en el 2001, cuando se oficializó la Junta Directiva y se consolidó el museo que desde entonces ha sido testigo de buena parte de la producción artística de la región.

Director

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Moreno asumió su rol con altura, para él, la curaduría era una labor intelectual y ética, un ejercicio de correspondencia entre la obra y el contexto. “Hay un malentendido: me creen grosero, pero lo que pasa es que digo la verdad”, frase que le solían escuchar.

Quienes trabajaron bajo sus planos lo describieron como un maestro exigente, capaz de orientar con precisión a los artistas y de rechazar propuestas sin perder el sentido de respeto por el oficio.

Catalina Gómez, una de las personas que más tiempo compartió con él en el MAC, lo recordó como un formador constante. 

“Era un hombre que defendía la idea de que el arte debía tener un sentido, una lectura, un propósito. Nos enseñó a ver más allá de la superficie de una obra”, expresó. 

Familia

Sin embargo, su trayectoria no puede entenderse solo desde el trabajo en el museo. También fue conocido por su profunda sensibilidad. Diomar Zapata, su esposa, lo definió como “la persona más ética y solidaria” que haya conocido. “No podía ver que se cometiera una injusticia, siempre buscaba cómo ayudar. Tenía un dicho: lo más costoso es lo que no se puede comprar.” 

Un hombre recto, y de la misma manera, un compañero tierno, justo después del nacimiento de su hija, Sofía. 

“Antes de ella era cascarrabias, la gente le tenía miedo. Pero cuando nació la niña le salió una ternura impresionante. Cambió. Se convirtió en un padre amoroso, dispuesto a jugar, a reírse, a descubrir las cosas simples.”

Esa transformación, demuestra la otra cara de un hombre que vivió entre el arte y la reflexión. La disciplina del curador se mezclaba con la fragilidad del ser humano que encontraba en lo cotidiano una forma de belleza.

La actualidad

Hoy, en las salas del MAC, su ausencia se siente. Sin embargo, su voz permanece en cada muro que ayudó a levantar, en cada exposición que llevó su firma y en cada artista que formó bajo su mirada exigente y generosa. Sus colegas coinciden en que su legado no se mide solo en obras exhibidas, sino en la manera como enseñó a mirar, a pensar y a sentir el arte.

En el silencio del museo que ayudó a construir, la presencia de Moreno se vuelve tangible. Como él mismo recitaba, lo verdaderamente valioso es aquello que no se puede comprar: la sensibilidad, la ética y la belleza compartida.


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