10 Abr, 2026

Una ciudad sostenida por abuelas

Sé que se acerca el natalicio de mi abuela y la celebro recordándola. 

Hay mujeres que no necesitan títulos para sostener el mundo. Mi abuela, Luz Villegas de López, fue una de ellas. Una señora salamineña, de esas que parecieran cargar en su forma de hablar, de mirar y de vivir una manera completa de entender la vida.
Tenía un humor preciso: pícaro, a veces negro, pero siempre inteligente. No castigaba la ignorancia, pero sí exigía algo más profundo: el deseo de aprender, de superarse. Para ella, el conocimiento no era un privilegio, era una forma de dignidad. A mí me llamaba “tesoro”, aunque con los años entendí que el verdadero tesoro siempre fue ella.
En su cotidianidad había gestos que hoy entiendo como actos de libertad: me enseñó a coser a escondidas, celebró mi manera de vestir cuando otros la cuestionaban, y me abrazó con una fuerza que no solo protegía, sino que afirmaba. En sus brazos uno no solo encontraba consuelo, encontraba existencia.
El filósofo Gaston Bachelard escribió que la casa es uno de los grandes refugios del alma, el lugar donde la memoria se queda a vivir. Mi abuela era eso: un refugio. Una casa emocional que sigue habitándome incluso después de su partida.
Pero si algo define a estas mujeres es su capacidad de sostener la vida incluso en medio de la fractura. Mi abuela enterró a tres de sus hijos. Fui testigo de cómo ese dolor quebraba algo profundo en su mirada, pero también de cómo, una y otra vez, encontraba la manera de levantarse. Sacó adelante una familia de más de una decena de hijos, los alimentó, los vistió y negoció lo que fuera necesario para garantizarles un futuro. En ella, el amor nunca fue una idea abstracta: fue una práctica diaria.
Ese mismo amor es el que ha sostenido históricamente a ciudades como Manizales. Yo nací a principios de los años 80 y fui parte de una generación que, a comienzos del 2000, tuvo que irse. La crisis de 1998 no solo debilitó la economía local, también fracturó la estructura emocional de miles de hogares. Madres y abuelas tomaron una decisión silenciosa pero radical: dejar partir a sus hijos para que buscaran oportunidades lejos.
Siempre he pensado en ese momento como una forma de economía que no aparece en los indicadores: una economía de la depresión matriarcal. Mientras la ciudad se contraía, ellas se expandían en sacrificio. Ahorraban, resistían y sostenían a distancia. Se podía caer el mundo, pero no la comida en la boca de un hijo, así estuviera en otra ciudad o en otro país.
Así nos educamos muchos. Así construimos nuestras trayectorias. En mi caso, ese camino me llevó a la Universidad Nacional en Bogotá y posteriormente a Barcelona, gracias al esfuerzo de mi familia y al apoyo institucional. Pero nunca fue un logro individual. Fue el resultado de una red silenciosa de cuidado y sacrificio que permanecía en Manizales.
Mientras tanto, en las casas, las mesas seguían puestas. Las cocinas encendidas. Y muchas veces, las sillas vacías. Mi mamá lloraba cada vez que nos íbamos. Mi abuela, en cambio, miraba por la ventana. Nunca he podido describir con precisión su angustia, pero sí su fe inquebrantable en que ese desarraigo tenía un sentido, en que el futuro justificaría la ausencia.
Hoy, sin saber exactamente cuándo se publicarán estas palabras, sé que se acerca el natalicio de mi abuela y la celebro recordándola. La celebro entendiendo que gran parte de lo que soy se construyó desde ese amor silencioso que ella encarnó. También entiendo algo más: que mi regreso a Manizales no fue solo una decisión profesional o personal. Fue, en gran medida, una forma de volver a ese origen, de honrar esa raíz. Porque, al final, Manizales no es solo una ciudad construida en la montaña. Es una ciudad sostenida por sus abuelas.

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