04 May, 2026

Contra la mala fama del sacrificio

La pregunta que casi nunca nos hacemos es esta: ¿qué estamos dejando de construir por evitar el sacrificio? 

Hay palabras que han caído en desgracia sin merecerlo. El sacrificio es una de ellas. Hoy suena a pérdida amarga, a vida sin disfrute, casi que a castigo autoimpuesto. Decir que algo implica sacrificio equivale, en muchos contextos, a una advertencia: cuidado, ahí no es.

La cultura contemporánea ha construido una narrativa donde el bienestar se asocia con la ausencia total de incomodidad. Fluir, priorizarse, evitar fricciones. No lo critico del todo, pero esa filosofía liviana tiene un costo silencioso: nos cuesta aceptar que elegir implica renunciar, que no se puede todo al mismo tiempo y que toda construcción -emocional, profesional, espiritual- tiene un precio. La pregunta que casi nunca nos hacemos es esta: ¿qué estamos dejando de construir por evitar el sacrificio?

Nietzsche advertía que lo valioso no se encuentra en los caminos fáciles, sino en aquello que exige una transformación de quien lo busca. Viktor Frankl entendió algo similar: el sentido no aparece en la comodidad, sino en la capacidad de encontrar propósito incluso en medio de la dificultad. Para él, la vida no se trataba de evitar el dolor a toda costa, sino de preguntarnos para qué estamos dispuestos a atravesarlo.

No hay que ir lejos para encontrar ejemplos. El keniata Sabastian Sawe cruzó la meta de la Maratón de Londres en 1 hora, 59 minutos y 30 segundos, rompiendo por primera vez en la historia la barrera de dos horas en condiciones oficiales. Pero Sawe llegó tarde. Empezó a correr internacionalmente a los 26 años, cuando muchos atletas ya tienen medallas y contratos.

Cuando cruzó la meta, dijo algo más honesto que eufórico: "No lo creía, pero estaba bien preparado". Eso es exactamente lo que el sacrificio hace cuando tiene sentido: no promete, no aplaude. Solo sostiene.

Camilo Ramírez Trujillo lo entendió a su manera. Este deportista caldense, invitado al podcast que acompaña esta columna, el año pasado le dio un timonazo a su vida. Dejó los patines del hockey -sin colgarlos definitivamente- y emprendió su camino como controlador aéreo, pese a múltiples campeonatos y haber representado a Colombia en la Selección de hockey sobre patines. Hoy está situado en lo más alto de una torre de control, cubriendo enormes dimensiones aéreas desde el sur del país y reconoce que sus sacrificios valen la pena. No como algo en discusión, sino como algo que simplemente es.

Hay también una distinción que vale la pena nombrar: la diferencia entre el sacrificio elegido y el impuesto. No es lo mismo renunciar a algo porque se elige algo mejor que perder algo sin haberlo decidido. El primero construye; el segundo, si no se elabora, destruye. La madurez, en buena medida, consiste en aprender a convertir los sacrificios impuestos en elegidos, al menos en retrospectiva.

El sacrificio tiene mala fama porque no es fotogénico y duele, a veces. No cabe en una historia de Instagram, no genera likes, no construye marca personal. El yoísmo que hoy se vende como bienestar necesita audiencia para existir; el sacrificio, en cambio, funciona mejor en silencio. Esa es su paradoja y también su nobleza.

Reivindicarlo no es una invitación al sufrimiento ni una nostalgia por tiempos más duros. Es recordar que hay cosas que no se construyen fluyendo y que algunas puertas solo se abren desde adentro, con esfuerzo, con tiempo, con renuncia.

El sacrificio, bien entendido, no nos hace mejores porque nos haga sufrir. Nos hace mejores porque nos obliga a elegir y ese es quizás el acto más humano que existe.

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Escuche el episodio del podcast de esta columna con Janeth Zuluaga, directora de Nutrir, en podcast.luisfmolina.com