La democracia, en riesgo
Cinco países de América Latina prevén elegir a sus presidentes en este 2026, incluidos aquellos que podrían ser las más grandes democracias de la región.
Que la democracia en el mundo se está debilitando parece ser ya una realidad incontestable; lo confirman distintos centros de pensamiento dedicados a estudiar el tema: solo el 45% de la población global vive en democracia y el 15% en regímenes “híbridos,” aquellos que combinan la democracia electoral con tendencias autoritarias.
Lo peligroso de los regímenes híbridos es que ellos ocultan los fenómenos subyacentes que van horadando la materialidad de la democracia. En la actualidad los retrocesos democráticos, por ejemplo, empiezan en las urnas.
En un texto que ya se ha vuelto clásico y que he citado varias veces en esta columna, Cómo Mueren las Democracias, de los profesores Levitzky y Ziblatt, ellos identifican rasgos distintivos de gobernantes que, elegidos democráticamente, van mostrando con los días rasgos autoritarios: rechazo o débil aceptación de las reglas democráticas del juego, negación de la legitimidad de los adversarios políticos y, tolerancia o fomento de la violencia, entre otros.
Frente a esas preocupaciones, los autores se hacen algunas preguntas más precisas para intentar identificar con más claridad rasgos o conductas del presunto autócrata:
¿Rechazan la Constitución o expresan su voluntad de cambiarla?
¿Intentan socavar la legitimidad de las elecciones negándose a aceptar (o anticipándose a no aceptar) los resultados?
¿Afirman que sus rivales constituyen una amenaza existencial, ya sea para la seguridad nacional o para el modo de vida imperante?
¿Tienen lazos con bandas armadas, con fuerzas paramilitares, con milicias, guerrillas u otras organizaciones violentas o ilegales?
¿Describen sin argumentos a sus rivales de otros partidos como delincuentes cuyo supuesto incumplimiento de la ley (o potencial para incumplirla) los descalifica para participar de manera plena en la esfera política?
¿Sugieren de manera infundada que sus rivales son espías extranjeros que trabajan secretamente en alianza con (o a sueldo de) un Gobierno foráneo, normalmente de un país enemigo?
Cinco países de América Latina prevén elegir a sus presidentes en este 2026, incluidos aquellos que podrían ser las más grandes democracias de la región por número de habitantes: Brasil, Colombia y Perú. Para nuestro entorno político y geográfico cercano estas preguntas cobran bastante relevancia. Y necesariamente habría que agregar otra: ¿Cuánto podrá influir en ellas una figura ajena a la región como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump? Ya lo ha hecho en Honduras, en Argentina, y lo ha intentado en Brasil. Naturalmente su apuesta es por candidatos de derecha y de claro talante autoritario. Razón de más para discernir con responsabilidad sobre a quién acompañar en estas elecciones que vienen.
En Colombia tenemos suficientes elementos de juicio para respondernos con nitidez estas preguntas.
Levitzky y Ziblatt agregan dos características del medio ambiente social y político que constituyen caldo de cultivo para los autoritarismos: la debilidad de los partidos y la polarización. No hay duda de que Colombia adolece de estos dos males, razón de más para evaluar con juicio los hechos que definen nuestro momento político y actuar en consecuencia.
Que no sea Colombia en esta ocasión, evocando una frase del dirigente político caldense Gilberto Álzate Avendaño, un “barco que se hunde con las luces encendidas”.