La generación que se extingue
Señor director:
Nuestros ya fallecidos padres y abuelos entregaron los mejores años de su vida a la familia y al trabajo. Ignorantes y sin recursos, lucharon arduamente, cultivando la tierra para educarnos. Hoy, ya convertidos en adultos mayores, nos sostenemos en el tiempo, alimentando nuestro acortado proyecto de vida con la compañía de redes de apoyo comprometidas con nuestro bienestar.
Esa generación que hoy se desvanece, en su niñez escuchaba y respetaba a los padres, abuelos y mayores. El permiso, ganado a punta de obediencia, era el boleto de salida a la calle, donde, con el pantalón roto, a pie limpio y cobijados por el sol o la lluvia, éramos felices. En aquel paradisíaco escenario, adornado con arena, pantano y hierba, disfrutábamos con los amigos. El balón de carey, el trompo, las canicas, el yoyo y el balero eran nuestros juguetes predilectos.
En la adolescencia, la academia era nuestra gran responsabilidad. Aprendimos a enamorar mirando a escondidas a la niña de nuestros sueños. Con timidez, pero también con decisión, le escribíamos notas y le hablábamos iluminados por las hermosas canciones de la época. Aquellos cantantes sembraban en nosotros las raíces del amor, porque lo hacían con el alma. Sus interpretaciones contenían versos que evocaban la ternura, la exquisitez, y la elegancia. Este paquete de cosas bellas terminó por cimentar hogares donde vivimos la grandeza y construimos vidas e historias rebosantes de magia, encanto y nostalgia, que marcaron una época y dejaron una huella imborrable.
Esta longeva familia que da los últimos coletazos presencia con asombro una inédita metamorfosis de la sociedad postmoderna. Los poderosos y los armados golpean sin piedad a la tierra y a todo lo que ella sostiene en su vientre. Vivimos en un mundo donde el niño humilde y el anciano son aniquilados por un misil que cae desde el cielo. La tecnología acerca, pero también aísla; la información abunda y la mentira gana protagonismo al camuflarse en una verdad cada vez más difusa. Es tal la crueldad contra el ser humano y contra la tierra que, incluso, haría levantar la ceja al mismo Pablo Escobar. Pero este fugaz instante apocalíptico llegará a su final cuando el hombre de bien enarbole la bandera de la paz y siembre semillas de amor y misericordia que pronto darán fruto para el bien de toda la humanidad.
Orlando Salgado Ramírez